Familia Maureira por el fotógrafo, Nicolás Valdés

«Me llamo Corina Maureira Muñoz, tengo 71 años. Soy hija y hermana de cinco víctimas de la dictadura militar. El 7 de octubre de 1973 se llevaron a mi padre, Sergio Maureira Andillos, y a mis hermanos Sergio Miguel, José Manuel, Segundo Hermógenes y Rodolfo. Yo estaba allí cuando vinieron a buscar a mi papá: lo acompañé mientras se vestía, con los carabineros revolviendo nuestra casa. Esa fue la última vez que lo vi con vida.

Desde entonces, mi madre y nosotras emprendimos una búsqueda incansable. Golpeamos puertas en comisarías, cárceles, tribunales, siempre con la misma respuesta: “aquí no está”. Años más tarde, en 1978, la verdad salió a la luz con el hallazgo de Lonquén. Entre los restos estaba mi padre. Reconocimos su ropa y su dentadura, pero mis hermanos siguieron desaparecidos, borrados incluso de los registros oficiales.

A los 25 años viajé sola a la ONU, sin hablar otro idioma, a denunciar que en Chile había detenidos desaparecidos. Fue un viaje duro, pero necesario. Desde entonces he dedicado mi vida a dar testimonio, a contar nuestra historia en colegios y universidades, para que las nuevas generaciones sepan lo que ocurrió y para que nunca más se repitan estas violaciones a los derechos humanos.»

«Soy Juan Maureira, yo tenía 12 años cuando vinieron los carabineros. Primero llegó uno conocido, tranquilo, como amigo de mi papá, y le pidió que firmara unos documentos. Media hora después regresaron con violencia: golpearon a mis hermanos, ataron a mi madre, y a José Manuel le quebraron un brazo. Desde ahí comenzó nuestro calvario.

Recuerdo que en 1978 llegó un telegrama avisando que había restos en Lonquén. Yo tenía 19 años y supe que todo lo que mi madre decía era verdad: que no era una mentira, que a nuestros familiares los habían asesinado y escondido en hornos de cal. Con la democracia vinieron los peritajes de ADN y finalmente pudimos identificar a mi padre. Fue un dolor profundo, pero también un descanso poder darle sepultura.

Mi papá era un hombre sabio, respetado por todos. Jugaba con nosotros como un cabro chico: a las bolitas, al volantín, al fútbol los domingos en el club “Robert Kennedy”, que él mismo fundó.»